La vergüenza de las “típicas” misas católicas…

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Quizá suenen duros y hasta un poco violentos mis comentarios, pero créanme, estoy de lo más sereno, y espero que este escrito pueda ayudar a más de uno.

Ayer me tocó asistir a una misa en donde muchos jóvenes recibieron el sacramento de la Confirmación. Todo iba bien,  -salvo la mala costumbre de que no había silencio antes de comenzar la misa, sino el típico sonido de mercado-.  Yo intento llegar siempre unos 15 minutos antes de que comience la Santa Misa, y con ojos cerrados invoco al ESPÍRITU SANTO para que me prepare espiritualmente, y  así, ser consciente de cada parte de la Santa Eucaristía.

Comenzó la Santa Misa y de pronto me di cuenta de que a mi lado se había sentado una familia entera  -conformada por el papá, la mamá, el hijo y la hija-  yo tenía a la mamá a mi lado derecho, nos separaba su bolso.

En la mayor parte de la misa cierro también los ojos para agudizar el sentido del oído en las lecturas o las oraciones. Estaba iniciando la Santa Misa cuando de pronto, oigo que la señora está mandando textos en su celular  -prácticamente se pasó toda la liturgia de la palabra así-  yo intentaba no distraerme. Al poco tiempo, de la bolsa saca pastillas para el aliento y las comienza a repartir entre los hijos, que ya eran todos unos adolescentes. Y por si hay algún incrédulo acerca de lo que puede llevar en su interior una bolsa femenina, saca un par de gafas y las comienza a limpiar con lujo de detalles. Terminada la sesión de limpieza, continuó con la conversación pendiente en el celular.

No le dije nada, intentaba no juzgarle, sino concentrarme en mi SEÑOR y orar por ella. Yo sé que muchos me dirán que era mi deber hacerle una corrección fraterna, pero como ya estaba un poco incómodo o confundido en mi interior, no quise correr el riesgo de que mi corrección fraterna se volviera una especie de venganza.

Llegó el momento de la comunión,  -la señora fue a comulgar-   y comienza el drama de la mayoría de misas en donde se celebra la recepción de algún sacramento: Me refiero, al desfile de minifaldas, escotes, vestidos tan ajustados que, el buen Martín Valverde, se volvería a preguntar: “¿Cómo se metió ahí?…” y uno ni como caminar en la fila con los ojos cerrados. ¡Qué dolor!

Regreso a mi lugar después de comulgar, me arrodillo a orar haciendo esfuerzos titánicos por no juzgar, por no turbar la inmerecida gracia de haber recibido el Cuerpo de Nuestro SEÑOR, cuando de pronto, alguien expulsa el espíritu de lo que había comido antes de misa, ¡El olor era de marca!… Esto no lo digo por emitir un juicio, porque uno puede elegir como vestirse en misa o apagar celulares, pero a cierta edad, o por enfermedad, no siempre se pueden controlar los intestinos. Pero bueno, lo menciono para que se contemple la fotografía completa de esa escena surrealista.

El obispo pronunció finalmente el “¡Oremos!”,  -que anuncia la oración final-  me levanté, y en ese breve lapso, veo a una niña que estaba delante de mí, aproximadamente de unos seis años, con unos ojos hermosos me mira y junta sus manos en forma orante y me las muestra, como quien pregunta si lo está haciendo bien. Después codeó a la niña de su izquierda y le dijo que pusiera así las manos, y cerró sus ojos.

En los momentos de la Santa Misa que se está de pie o de rodillas, yo suelo juntar siempre las manos en actitud orante, y no me había dado cuenta que esa niña me había observado toda la misa. Es decir, sin buscarlo,  yo había generado en ella un sentido de reverencia por lo sagrado, apesar del clima de irreverencia ya mencionado.

Por ello aquí mis concusiones:

– Sin lugar a dudas, la irreverencia ante lo sagrado por parte  de los padres, terminará afectando la vida espiritual de sus hijos. Con qué moral unos padres que llegan negligentemente tarde a misa, que usan el celular en plena celebración eucarística, que visten inmodestamente, podrán decirle a su hija que tome en serio y para toda la vida el sacramento del matrimonio  -por mencionar un sacramento-  ?

– Se cree que los niños pequeños no entienden. Sin duda entre más pequeños sean, es más complicado que se comporten bien. Pero estoy seguro, que si esa niña aprendió un gesto de mi persona en tan poco tiempo, es porque tenía  alguna base mínima de saber en qué lugar se encontraba. ¡Los niños están más abiertos a lo espiritual de lo que creemos!

Finalmente, la vergüenza no es tanto el comportamiento de la señora, o la inmodesta e irreverente forma de vestir de la gente. La vergüenza es que los que somos de alguna manera líderes en la Iglesia, no estemos dando la formación adecuada, porque me queda claro que más de una niña vestida inmodestamente, no lo hace por malicia, sino por tendencia, por ignorancia. ¡No nos quejemos, y mucho menos juzguemos a esta gente, si no colaboramos con la formación al interior y al exterior de la Iglesia!

De poco o nada sirve escandalizarse. Nuestro amado Papa Francisco no se cansa de decirnos que no podemos ser católicos de “salón”, que tenemos que salir a las periferias, a alcanzar a aquellos que pasan por una iglesia sólo en este tipo de celebraciones, sin darse cuenta que están pisando tierra santa, de que están introduciéndose en los misterios SAGRADOS de el amor profundo e incondicional de DIOS.

Si no salimos con una actitud evangelizadora y apostólica, nos reduciremos a seguir viendo estos desagradables espectáculos, o bien, nos limitaremos a rasgarnos las vestiduras escandalizados, y a dar uno que otro regaño farisaico.

¡Hermoso será el día en que se guarde silencio para escuchar al SEÑOR, y no porque toca guardar silencio!

¡Hermoso será el día en que vista con sencillez y modestia, para que el centro de atracción sea JESÚS, y no yo!

¡Hermoso será el día en que cada sacramento sea entendido, recibido y practicado como lo que es: Un signo visible y eficaz de la gracia santificante de DIOS en nuestras vidas!

DIOS nos permita humildad y coherencia, tanto para aquellos que tenemos el regalo de la fe, como para aquellos que están por recibirlo. No podemos desacralizar lo sagrado, ni tampoco hacer hueca la liturgia y sus gestos, a causa de la falta de intimidad personal con el SEÑOR.

Los sacramentos se nos han dado para nuestra salvación, no para entretenernos o hacer publicidad de nuestra persona. ¡SEÑOR, sé el centro de nuestras liturgias y de nuestra vida entera!

“¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? Ustedes no son sus propios dueños, porque Dios los ha comprado. Por eso deben honrar a Dios en el cuerpo” (1 Cor 6, 19-20)

“Como ya se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente. Al verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: ¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!” (Jn 2, 13-16)

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