El día en que me negaron la Comunión…

Imagen: Francisco Goya

Imagen: Francisco Goya

Recientemente DIOS me ha dado la oportunidad de tomar unos días de retiro espiritual en los campos del estado de Georgia.

Cual misionero, intento economizar en todo lo que se puede. Y encontré una manera de ir de Miami a Atlanta de una forma muy económica: Saldría en tren a una ciudad del centro de la Florida y de ahí tomaría un autobús.

Pues bien, los que me conocen, saben que cuando los viajes me toman la mayoría del día, o en muchas ocasiones varios días, y mi itinerario me permite estar en alguna ciudad por algunas horas, intento buscar alguna parroquia en donde al menos se me pueda dar la comunión, ya que sería muy providencial coincidir con la celebración de alguna Eucaristía.

En el pasado, en ciudades como Washington o Chicago he podido tener este privilegio. Algunas veces me ha tocado insistir para poder hablar con el sacerdote y pedirle dicho favor.

En esta ocasión, tuve que parar por varias horas en en esta ciudad del centro de la Florida. Fui a buscar entonces una parroquia. Entre sin saber en un templo que parecía católico, pero en realidad era protestante. Evidentemente se sorprendieron cuando les dije que quería hablar con el sacerdote para ver si podía darme la Comunión. No obstante, la sorprendida secretaria de una manera muy amable, prácticamente me acompañó hacia la parroquia católica más cercana.

Entré a la recepción, expliqué mi caso a la secretaria, que careciendo de la amabilidad de la secretaria protestante, muy a duras penas aceptó contactarme con el sacerdote disponible en la parroquia.

Cuando llegó el sacerdote, le expuse mi caso con la seguridad de que actuaría como hasta ahora han actuado los sacerdotes de las ciudades en donde he estado de paso. Pero no fue así. ¡El sacerdote se negó a darme la Comunión!… No me dio razón alguna. Simplemente me dijo que no me la podía dar.

Indudablemente vino en mí un impulso de poder rebatir… sin embargo, algo hubo en mí que preferí guardar silencio, ponerme de rodillas y pedirle que al menos me diera su bendición. Él, un poco asombrado aceptó. Hizo una breve oración y me bendijo.

Al finalizar, con bastante tristeza interior, le pedí que me dejara al menos entrar a la capilla para adorar a mi SEÑOR en el Sagrario. Me dijo que la capilla estaba abierta todavía un par de horas.

Al entrar, vi que era una capilla que conectaba con el templo mayor. De hecho, el Sagrario estaba dentro de la parroquia, pero se podía ver por un gran cristal del lado de la capilla. Es decir, ahora no sólo me separaba un sacerdote, sino un cristal… y me entenderán que con la nostalgia de la negación, ese cristal era como “sal en la herida”…

Me acerqué a ese cristal, y me dispuse a desahogarme con aquel a quien había querido recibir sacramentalmente…

De pronto levanto la vista, y veo que el vitral a mis espaldas se reflejaba en el cristal. ¡Exactamente en la ubicación del Sagrario! Y esta es la imagen:

Orlando

Sí, ¡Era JESÚS Crucificado!…

En ese momento a una semana de la Semana Santa, eso fue un recordatorio de que la presencia real de JESÚS Eucaristía, esa que anhelé recibir, esta íntimamente unida a la Pasión del SEÑOR que estaba por meditar en unos días.

Me di cuenta que lo que muchas veces predico, no lo estaba poniendo en práctica, es decir, estaba mirando más mi dolor, que el dolor de mi SEÑOR. Me estaba haciendo la víctima delante de la verdadera Víctima. Por tanto, esperaba ser consolado, antes que consolar a mi SEÑOR.

Fue entonces que olvidado de mí mismo, vinieron a mi mente: presos, enfermos, misioneros en tierras no cristianas y tantas personas que deseando recibir la Eucaristía, no sólo no podían recibirla, sino que ni siquiera tenían el privilegio de estar en una capilla delante del Sagrario como yo lo estaba. ¡Que fácil es ensimismarse aun en las cosas espirituales!

Así que terminé evidentemente orando y ofreciendo mi humana frustración por aquellos que,  queriendo y por cuestiones ajenas a ellos, no pudieron recibir la Eucaristía ese día.

En fin, sólo me resta decir que necesitamos orar con frecuencia por aquellos hermanos y hermanas que por razones ajenas a ellos, no pueden recibir los sacramentos con la frecuencia que su alma anhela y ansía.

Orar también con corazón agradecidos por aquellos sacerdotes que tienen compasión del misionero, del peregrino, del migrante, del que está de paso… sacerdotes que sin violar el espíritu de la ley, y obediente a la llamada del Papa Francisco, declaran la guerra a todo clericalismo.

Orar de la misma manera por aquellos sacerdotes que se han dejado apresar por alguno de los extremos, es decir, por los que tienen razón en lo que defienden, pero lo defienden con una nula caridad y misericordia; así como también por aquellos que se pintan de caritativos y misericordiosos, pero que en el fondo son permisivos y demagogos. ¡Que en todos el SEÑOR encienda un profundo amor por la salvación de las almas!

Finalmente, oremos por nosotros mismos, para que en todo momento y circunstancia, no olvidemos que nuestra meta como discípulos de JESÚS es:

Negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo (Lc 9,23)

…Pues para quien verdaderamente ama al SEÑOR, los éxitos y los fracasos son una oportunidad para olvidarse de sí mismo, consolarlo a Él, y por amor a Él, servir generosamente a nuestro prójimo.

Para terminar, vean de nuevo la imagen que les he compartido.

Orlando

A un lado se reflejaba también otro vitral, en este caso, como comprobarán, es el de JESÚS resucitado. Y es que el abrazar la Cruz, el unirnos a JESÚS Eucaristía, es ya de una forma, vivir la misma resurrección del SEÑOR. Dirá San Pablo:

Si nosotros hemos muerto con Cristo, confiamos en que también viviremos con él. (Rom 6,8)

En pocas palabras, cuando muero a mí mismo, y me centro en CRISTO, y por amor a Él en mi prójimo, puedo tener la certeza que aún en la peor dificultad e incomprensión, la última palabra la tiene el que ha vencido el pecado y la muerte.

DIOS les bendiga.

www.semperfiat.com

¡¡¡ACTUALIZACIÓN!!!

Aquí puede leer la segunda parte de este artículo:

“El día que me volvieron a negar la comunión… ¡comulgué en la calle!

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