El día que me volvieron a negar la comunión… ¡Comulgué en la calle!

CommunionAgain

Honestamente no esperaba escribir una segunda parte de aquella columna que publiqué bajo el nombre de:

“El día en que me negaron la Comunión…”

Pero es que no puedo dejar de compartirlo porque sé que a más de una persona le beneficiará en la perseverancia de su fe, además de que se convierta este escrito en un nuevo llamado a la oración por todos nuestros amados sacerdotes.

Pues bien, de regreso a Miami, el autobús volvió a parar en en la misma ciudad del centro de la Florida. Esta vez tuve un menor número de horas para poder ir a la estación de Amtrak y tomar el tren que me llevaría a mi destino final.

Me dirigí a la misma parroquia que la vez primera -pues no tenía otra opción-. La Misa de la mañana tenía relativamente poco de haber terminado. La próxima era al medio día, y a esa hora yo ya debía estar en la estación del tren que queda a 30 minutos de dicha parroquia.

Esperando que por estar en Semana Santa pudieran moverse a compasión, expuse como aquella primera vez mi caso: “Vengo desde ayer viajando, y no paro hasta en la noche de hoy, por lo que me será imposible ir a Misa este día. ¿Podrían darme al menos la Comunión, por favor?”

La secretaria, con un trato mucho más cortante que la vez primera llamó al sacerdote, y éste vía teléfono le dijo que “no”. Pedí hablar con él, y la secretaria me dijo que estaba muy ocupada, que mejor fuera a las oficinas de la Diócesis, y pidiera ahí la Comunión.

Las oficinas gracias a DIOS estaban por el área. Expliqué mi caso. Se sorprendieron de que dicha parroquia me hubiera mandado a ellos para que resolvieran mi necesidad. Me dijeron que ellos tampoco me podían dar la comunión porque simplemente no tenían reserva Eucarísitica, pero llamaron a un sacerdote para que al menos me diera una bendición.

Al llegar el sacerdote escuchó mi caso, me dijo que lo acompañara. Salimos del edificio rumbo a la parroquia que me había negado la comunión y, poco antes de llegar, en pleno estacionamiento me dijo:

“Sabes qué, deja te la doy aquí…”

Al principio cuando caminábamos rumbo a la parroquia asumí que el hablaría con algunos de los sacerdotes de dicha comunidad parroquial, pero al parecer se arrepintió o simplemente ese no era su propósito. El punto fue que hizo una oración, rezamos el “Padre Nuestro”, sacó su relicario donde lleva la Comunión a los enfermos, me puse de rodillas y me dio la comunión. Dejamos un momentito de silencio que se interrumpió con otra breve oración que el emitió y me dio la bendición. Finalmente me dijo que leyera el Evangelio del día que hablaba sobre la traición de Judas, y que orara mucho por él y sus compañeros sacerdotes.

Como es obvio NUNCA había comulgado así, es decir, bajo esas circunstancias y en plena calle. Le agradecí inmensamente su valentía y misericordia y me dirigí a terminar de dar gracias en la capilla lateral de aquella parroquia.

Ahí, de pronto me vino como una moción del Espíritu. No sé como explicarlo, pero era como una convicción de que vienen tiempos difíciles en donde lo normal será recibir la presencia real eucarística de nuestro SEÑOR en esas circunstancias, pues los templos no necesariamente serán lugares de adoración eucarística. Me vino entonces las palabras del entonces profesor de Teología Joseph Ratzinger, hoy Papa Emérito Benedicto XVI, allá por los años 60’s:

…de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros…
Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin.
La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica.

Al salir, sentí la necesidad de hablar con el sacerdote de dicha parroquia. Le dije a la secretaria que le dijera que ya me habían dado la comunión, que sólo me diera cinco minutos de su tiempo. Mi intención era hacerle ver algunas cuestiones pastorales y entender el fondo de su posición. Para no alargarme, aceptó, y esos cinco minutos se convirtieron en casi una hora. Incluso se unió a la conversación otro sacerdote. El diálogo, por respeto a la privacidad de ellos no lo compartiré, pero sin lugar a dudas me quedó la convicción de son sacerdotes buenos. Simplemente que el clericalismo -tan condenado por nuestro Papa Francisco- está tan arraigado en algunas comunidades parroquiales, que sin quererlo, no se ve más allá de los formalismos… y nos olvidamos que el cristianismo antes que ser doctrina, liturgia, y demás reglas lícitas y buenas… El cristianismo es principalmente una persona: ¡CRISTO!

Ciertamente hay impedimentos para recibir la Eucaristía, y tampoco se puede exponer irresponsablemente la Presencia de Nuestro SEÑOR en este mundo que, sin remordimiento alguno, cada día toma posturas agresivamente sacrílegas. Pero ése no era mi caso. Desde la primera vez les di toda la información donde podrían verificar mi identidad. Por tanto, se trataba de un caso en donde el feligrés por circunstancias ajenas a él, tenía “las manos atadas” delante del anhelo de recibir a su SEÑOR en su presencia Eucarística. Y ellos, como amados ministros del SEÑOR, eran los únicos que podían “desatar mis manos”.

Salí con el gran compromiso de no sólo orar más por los sacerdotes, sino de ofrecer cada comunión que haga en el resto de mi existencia por ellos. Principalmente por aquellos sin fe, por los que carecen de ardor por la salvación de las almas. ¡No nos quedemos en quejas superficiales! De alguna forma tenemos los sacerdotes que nos merecemos. La santidad de ellos ciertamente depende de su proceso personal de conversión, pero arropémosles con nuestra oración y disponibilidad en el servicio. ¡Cuantas veces he visto sacerdotes santos crucificados por su propio pueblo, por sus hermanos sacerdotes y hasta por sus obispos… simplemente por no ser legalistas al estilo lefevriano, o por no ser superficiales y simpaticones como lo marca la lógica del mundo! ¡En el fondo, el error es que buscamos que el sacerdote se ajuste a nuestra medida, y no a la medida de CRISTO!

Nuestra Madre del Cielo, en las apariciones reconocidas por la Iglesia, le dijo allá por el año 1973 en Akita, Japón a la hermana Agnes Sasagawa:

La obra del demonio infiltrará hasta dentro de la Iglesia de tal manera que se verán cardenales contra cardenales, obispos contra obispos. Los sacerdotes que me veneran serán despreciados y encontrarán oposición de sus compañeros…iglesias y altares saqueados; la Iglesia estará llena de aquellos que aceptan componendas y el demonio presionará a muchos sacerdotes y almas consagradas a dejar el servicio del Señor…
El demonio será especialmente implacable contra las almas consagradas a Dios. Pensar en la pérdida de tantas almas es la causa de mi tristeza. Si los pecados aumentan en número y gravedad, no habrá ya perdón para ellos.

Pese a todo, sean buenos o malo, santos o mediocres, reconozcamos que sin ellos la vida no tiene sentido. Lo explicaré de esta manera: Hace unos días leí una pregunta que le hicieron a un gran amigo canta-autor católico. Más o menos iba así:

Felipe, me he dado cuenta que muchos sacerdotes te tiene una especie de envidia por tu trabajo apostólico. ¿Qué les dirías?

A lo que este buen siervo de DIOS respondió más o menos así:

Les diría que ellos sin mí, siguen siendo sacerdotes. Pero yo sin ellos, no soy nadie.

Y es que quien ama verdaderamente a JESÚS, sabe y entiende que Él mismo quiso dejarnos su presencia real en la Eucaristía, y ésta nos guste o no, sólo puede venir a través de las manos ungidas de nuestros hermanos sacerdotes. Por lo que insisto: No podemos amar JESÚS Eucaristía sin amar las manos y las vidas de aquellos que independientemente de su mucha o nula santidad, hacen presente el milagro eucarístico en cada misa.

En fin, tiempo después, estando ya en la estación del tren, llamé al sacerdote que me acogió en estos días de retiro espiritual y le compartí lo sucedido… Él me dijo que esa moción que tuve no es del todo descabellada, y me hizo recordar a mis paisanos mexicanos del siglo pasado. Esos católicos mexicanos que ante la persecución desatada por el gobierno de la nación, se mantuvieron firmes. Eran tiempos donde se celebraba la Misa en la montaña, una boda podía tener por templo una caballeriza… Yo mismo conocí en a un anciano que lo bautizaron en una cueva ante la terrible y sangrienta persecución.
misa1
Quisiera para terminar, compartirles nuevamente una foto similar a la que les mostré en la columna pasada… pero en esta ocasión, por el ángulo donde me encontraba, el reflejo que daba en el sagrario no era el de JESÚS crucificado, sino el de JESÚS resucitado. También verán que entra a escena nuestra amada Madre del Cielo…

.
photo 11
Por tanto, perseveremos en la fe, la esperanza y la caridad. Cuando tarde o temprano se intensifique la persecución, nos ayudará saber que estamos del lado del vencedor y podremos gritar con solidez el grito de aquellos mártires paisanos míos:

¡¡¡VIVA CRISTO REY!!!

Les dejo a manera de conclusión, una oración de uno de estos mártires, que curiosamente lo apodaron sus compañeros “El loco de la Eucaristía”… me refiero a San José María Robles:

Perdona a tu pequeñito; perdóname y que te ame con pasión.
Perdona a mi familia; perdónala y funda en ella tu imperio de amor.
Perdona a mi Patria; perdónala y olvida sus grandes crímenes;
concédele la paz y que reconozca tu Soberanía.
Perdona a tus sacerdotes ingratos;
perdónales y abrasa sus corazones con tu amor; hazlos grandes santos.
Perdona a las almas que te están consagradas;
perdónalas y con la fuerza de tu amor oblígalas a corresponder fielmente a su vocación.
Perdona a todos los pecadores; perdónales y que conozcan su infeliz estado;
que vuelvan a Ti, saciando tu sed infinita de amor

DIOS les bendiga.

www.semperfiat.com

+

¡Gracias por tus donaciones!

Publicaciones Relacionadas